Muchas personas piensan que al anular el voto se esta dando un castigo directo a los Partidos Políticos. La anulación del voto, o el voto en blanco esta siendo contraproducente y esta idea ha sido manejada de forma maquiavelica para convenir a intereses propios de algunos Partidos Políticos, lejos de beneficiar a la democracia del país es una trampa para objetivos oscuros y mezquinos, veamos diversas opiniones de expertos:

En las elecciones de hoy se presentan
dos maneras de apoyar a los grandes partidos, que son los mayores responsables
de la corrupción, el clientelismo, la inseguridad y el aumento del abismo entre
ricos y pobres.
Una manera es votar por ellos. La
otra, votar en blanco.
No quiero generalizar. Es posible
encontrar buenos elementos en las listas de los grupos tradicionales. Pero allí
mismo anidan muchos incapaces, indelicados, sectarios, retrógrados de oscuro
pasado, titiriteros de la política... Resulta clave, pues, separar la paja del
heno. Votando por nombres que ofrezcan garantías en los partidos del sistema se
consigue por lo menos una selección decorosa, aunque después, con el Congreso
en funciones, los elegidos votarán con su bancada o cometerán pecados
colectivos movidos por la fidelidad partidista.
La otra manera de apoyar a los
principales causantes de nuestros problemas es votar en blanco. El voto en
blanco parece atractivo y rebelde, pero sus resultados son lo contrario de lo
que ofrece. Gente de buenas intenciones está invitando a esgrimir el voto en
blanco dizque como repudio a la clase política. Los ciudadanos ingenuos les
creen, convencidos de que golpearán a los políticos de siempre, pero lo que
logran es reforzarlos y atentar contra múltiples grupos alternativos cuyas
posibilidades de representación parlamentaria disminuyen con cada voto en
blanco depositado.
¿Por qué? Porque, hábilmente, los
diseñadores de la mecánica electoral dispusieron que los votos blancos se
añadieran a la suma que fija el umbral de acceso al Congreso. Esto es, la cifra
por debajo de la cual queda eliminado todo partido minoritario. La jugada es
ejemplo maestro de la maquinaria politiquera, pues, al añadir las papeletas
blancas al retén de sufragios, los indignados que votaron con esas papeletas
acaban conspirando contra quienes comparten su indignación y sirviendo a los
que querían descalificar. El haraquiri perfecto, el suicidio romántico.
¿Cuál es, entonces, la receta?
Primero, entender que es mejor estar presente en el Congreso a través de
alguien de su simpatía, que ausente y lamentándose. Segundo, abstenerse de
votar en blanco. Tercero, no respaldar a los familiares de políticos corruptos
que aspiran a una curul. No es que yo crea que, necesariamente, pariente de
tigre sale pintado: debe de haber tipos excelentes nacidos de progenitores
torcidos. Pero cuantos se han lanzado manifiestan que aspiran a reivindicar el
nombre de su padre, madre, esposa o hermano presos, y al Capitolio solo deben
asistir los que quieran reivindicar al país o a grandes sectores sociales
nacionales. Para combatir supuestas infamias personales o lavar el nombre de un
familiar detenido están los juzgados.
Para Octavio Rodriguez Araujo
Con base en la información del Instituto Federal electoral. la lista nominal de ciudadanos con derecho a voto consta de 77 millones 481 mil 874 personas. Algunos analistas han pronosticado que en la próxima elección del 5 de julio habra entre 65 y 70 por ciento de abstención, lo que significaría, en la máxima abstención calculada, que solo asistirían a votar poco más de 23.3 millones de ciudadanos. Los partidarios del voto nulo, por tanto, se dirigen a éstos y no a los más de 54 millones de mexicanos que probablemente se abstengan de sufragar.
Entre los promotores del voto nulo, en otros países también llamado voto en blanco, hay algunos que cuentan conblogs y otro tipo de representaciones en Internet, unos con más fundamento que otros. En todos los casos se lee una cierta posición en contra del sistema político y de los partidos, y se fundan sus esperanzas en la ciudadanía como si los políticos no formaran parte de ésta o fueran extraterrestres.
Esta propuesta tiene varios puntos flojos. El primero es creer que la ciudadanía no vive parcialidades subjetivas e intereses individuales de diversas orientaciones; es decir, se soslaya que es pluriclasista y que no son comparables los habitantes de los estados prósperos del país, incluido el Distrito Federal y buena parte de su zona metropolitana, y los de las entidades federativas donde radica el mayor número de pobres y de marginados de México. Más aún, se pasa por alto que en una misma ciudad no son semejantes los que viven en Las Lomas y Polanco, por ejemplo, con los habitantes de Iztapalapa o Milpa Alta, para sólo referirme a la ciudad de México. Ligado con esto, se omite que sólo un poco menos de 25 por ciento promedio de la población tiene acceso a Internet, y que incluso en este porcentaje general deben distinguirse las zonas del país más prósperas de las más marginadas. Los seis estados de la frontera norte y el Distrito Federal no tienen comparación, por cuanto a acceso a Internet, con los estados del centro y sur del país. En los primeros el acceso a la red es de casi el doble que en los demás. De ese 25 por ciento de la población que usa Internet, incluidos muchos menores de 18 años, ¿cuántos y por qué artes o inspiración, consultarán los blogs que llaman a anular el voto? ¿Cuántos están interesados en las páginas de contenido político, incluidos los periódicos que pueden ser consultados por medios electrónicos? ¡Qué bueno que existan páginas con intenciones de orientar o desorientar políticamente a la población! Pero, por favor, bájense de su pedestal. Pecar de soberbia puede ser peligroso, y el menor de sus riesgos sería ser víctima de la ingenuidad y del wishful thinking; es como si yo creyera que todos los lectores de La Jornada me leen y, peor, que influyo en ellos. Si en Estados Unidos muchos pensaron que mediante Internet y redes sociales podían llevar a Obama a la Casa Blanca (como en buena medida ocurrió), tenían una base de realidad que México no tiene; esto es, que 220 millones de estadunidenses (72.5 por ciento de la población total) tenían acceso a Internet en 2008 (datos de Internet World Stats).
Llamar a anular el voto es dejar,
deliberadamente, que los que sí votan, por pocos que sean, elijan a los
diputados por todos los demás, es decir por los abstencionistas y por quienes
anulen su voto. Es dar un cheque en blanco a quienes triunfen de la próxima
contienda. Estos dirán: si no votaste por mí no te debo nada, aunque por lo
general digan lo mismo a los que sí votaron por ellos, pues nuestros diputados,
con algunas excepciones, son bastante cínicos y nada o muy poco comprometidos
con sus electores.
El cinismo de la mayor parte de
nuestros políticos es ampliamente conocido, al igual que la poca o nula
eficacia de las instituciones creadas teóricamente para atender las necesidades
de la población. ¿Por qué, entonces, los promotores de la abstención o del voto
nulo piensan que los van a afectar y/o a sensibilizar con ellátigo del
desprecio ciudadano al no acudir a las urnas o al echar a perder su voto?
La abstención, como el voto nulo, no
conmueve a nadie ni cuestiona en serio la legitimidad de un candidato ganador.
Cuando los serbios quisieron buscar la mayor participación legitimadora de los
votos para la presidencia de la república, estableciendo que si en la segunda
vuelta de la elección presidencial no sufragaba por lo menos la mitad de los
votantes los partidos/candidatos tendrían que ir a nuevos comicios, se
frustraron, ya que en las dos elecciones presidenciales llevadas a cabo en 2002
no se alcanzó el voto de 50 por ciento del registro de electores. En
consecuencia, para las elecciones de 2003, la Asamblea Nacional de ese país
modificó la ley estableciendo que ese 50 por ciento de votantes debía ser el
mínimo en la primera vuelta, y no en la segunda como estaba estipulado. Sólo en
los regímenes totalitarios monopartidistas la abstención es menor a 10 por
ciento. En las democracias, por imperfectas o perfectas que sean, suele ser
mucho mayor y ningún gobernante es de mayoría real, mucho menos un diputado,
pero ahí están.
Si de veras se quisiera reprobar y
rechazar en todos sentidos a la llamada clase política, mejor hubiera sido
organizar desde hace tiempo (y no al cuarto para las 12) un grande y masivo
movimiento en su contra y no convocar a la abstención o al voto nulo (que será
secreto e íntimo) y que, al final, lo único que producirá será una satisfacción
muy personal, pero no un movimiento organizado en contra del sistema. Y si el
rechazo es sólo individual, aunque por su suma parezca colectivo, deberá
tomarse en cuenta que los gobiernos siempre podrán absorber y paliar esa
inconformidad individual, como bien lo hizo Salinas con su Programa Nacional de
Solidaridad, para sólo poner un ejemplo de un candidato que, con todo y
fraudes, no obtuvo siquiera el voto de 25 por ciento del padrón electoral en
1988.
En los medios masivos de
comunicación se ha extendido la idea de que los partidos políticos son
territorios donde predomina la corrupción y la ineficiencia. Muchos creen que
los políticos deben ser castigados por haber dado la espalda a la ciudadanía y
por ocuparse solamente de sus intereses. El desprecio por la política refleja
una extendida decepción ante la democracia, que no parece cumplir las
esperanzas que se depositaron en ella, un menosprecio que los políticos, con su
demagogia, alientan todos los días. Estas ideas y sentimientos se expresan de
muy diversas maneras y se ligan a corrientes de pensamiento de muy distinto
signo ideológico. Tienen en común el desencanto y la frustración. ¿Cómo votar
si ninguna opción nos convence? Este es un predicamento propio de las
sociedades democráticas y debemos acostumbrarnos a una nueva civilidad que
obligue a reflexionar detenidamente sobre la manera de encontrar que el voto
sea útil a pesar de las inclemencias del clima político.
En esta generalizada desconfianza de la política confluyen los indignados que protestan por el desempleo, los que esperan que la democracia solucione los problemas del desarrollo económico, los marginados que viven en la pobreza, muchas organizaciones gubernamentales, quienes exaltan la voluntad individual para alcanzar el éxito, los que desean un Estado restringido que no intervenga en la economía o en la seguridad social y quienes impulsan un vigilantismo que procura tomar en manos privadas la persecución de delincuentes.
Esta marea heteróclita de
opiniones e intereses suele estimular la abstención electoral, la indiferencia
ante los procesos políticos y la rabia que clama por la anulación del voto. El
hecho es que no faltan motivos para impulsar la marginación política, el
importamadrismo y el rencor. Ciertamente en muchos lugares del mundo hay una
clase política de baja calidad y partidos políticos llenos de basura que hacen
pensar que es inútil el ejercicio del voto.
Todo ello es evidente en el
México que se enfrenta a las elecciones presidenciales. Y a pesar de todo es
importante señalar claramente que las corrientes y movimientos que fomentan las
abstención y la anulación del voto contribuyen a minar las todavía no muy
sólidas bases de la democracia en México. Además, indirectamente contribuyen a
que el partido que va a la cabeza de las intenciones de voto obtenga un mayor
porcentaje de diputados. La abstención y el voto nulo, en estas elecciones,
favorecen al PRI. Movimientos como el que encabeza el poeta Javier Sicilia, con
su loable protesta contra la violencia, detestan a los partidos, a los que
consideran esencialmente antidemocráticos, oligárquicos y corruptos.
Hay otros contendientes en la
lucha por el poder que también desprecian a los partidos y las esferas de la
política, y que se presentan como representantes de la “ciudadanía”, de la
“sociedad civil” o del “pueblo”. No nos debe sorprender que estas actitudes
antipolíticas hayan logrado ahuyentar a muchos votantes que están indecisos o
que desconfían con buenas razones de los círculos del poder. Las intensas
movilizaciones por deslegitimar las elecciones de 2006 contribuyeron a que una
gran parte de la sociedad se alejase desencantada de los mismos partidos y
grupos que las fomentaron. Con ello auspiciaron sin darse cuenta la expansión
de aquellas tendencias que, después de más de setenta años de ejercer
autoritariamente el poder, configuraron lo más corrupto del sistema político y
los más antidemocráticos estilos de hacer política. Por otro lado, la
televisión, la radio y la prensa, con sus frecuentes burlas del comportamiento
absurdo o ridículo de los políticos, expresan los sentimientos de los sectores
más derechistas del EMPRESARIADO
y de la clase media. Estos mismos
sectores, a la sombra del partido en el poder, protegieron a los monopolios de
la televisión, que son responsables de las más atrasadas formas de manipulación
política. Han logrado que las elecciones parezcan insulsas y aburridas, que los
candidatos a la presidencia se adapten al estilo fragmentado y obtuso que les
exigen y que una parte de la sociedad sienta una morbosa pero secreta
satisfacción por los enfrentamientos entre delincuentes que han producido más
de cincuenta mil homicidios.
No debemos extrañarnos que mucha gente quiera anular el voto o
simplemente abstenerse, sin percatarse que con ello fomentarán las
posibilidades de que el partido del antiguo régimen autoritario retorne al
poder. ~







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